De banderas y pantallas: Burbujas ideológicas en cuarentena

Por Facundo Enferri

En una época plagada de limitaciones para la vida pública, donde la discusión política se desarrolla casi completamente en la virtualidad, la posibilidad de debatir con honestidad es casi nula y el caldo de cultivo para la posverdad, perfecto…

Foto: “Miért vagy te, ha lehetsz én is?” por Petra Collins, Baron Book.

 

La fricción del debate político en Argentina no es cosa nueva. Basta con un par de tediosas clases de historia en la secundaria para conocer, aunque sea de carátula y línea de tiempo, que “la grieta” es más vieja que la escarapela, y que sus capítulos se han sucedido a través del tiempo atados a los componentes culturales de cada época. No siempre fueron los mismos valores en puja, ni los mismos actores disputándolos. Tampoco los desenlaces han sido iguales; los libros cuentan historias de bayonetas, traiciones, acuerdos, bonanzas, viajes, revoluciones, corrupción, exilios, genocidios y grandes consensos. En fin, hay de todo, y siempre hubo de todo.

 

No podría llevar adelante este análisis reflexivo sin pararme sobre una visión contemplativa y consciente de lo que para mi significa el momento único que estamos atravesando (hola coronavirus), y de cómo sus nuevas reglas influyen en la forma de relacionarnos. Relacionarnos ya es por definición, a mi forma de ver y a los efectos de este texto, hacer política.

 

El inicio de la cuarentena instaló temas cuyas primeras voces sonaban envueltas en un optimismo propio de la unidad en la tragedia. Enunciados como “el planeta ya no aguanta”, , “hay que modificar las reglas de producción”, “de esta salimos juntos y mejores”, “aplanar la curva, aplanar la curva, aplanar la curva…”, ocupaban buena parte del discurso público en un clima de concientización y anhelo de consensos. Hasta los diarios argentinos menos coincidentes unificaron sus tapas con el titular “Al virus lo frenamos entre todos”, allá por marzo.

 

Al poco tiempo, y como en todo buen fenómeno global inscrito en la complejidad comunicacional de nuestro siglo, aparecieron las teorías conspirativas. Muchas encontraron oídos ávidos de ideas sobre la utilización del virus como táctica de dominación geopolítica por parte de gobiernos, corporaciones y hasta empresarios. El terreno se embarraba de a poco y lo único que asomaba con alguna proyección a futuro, y a la vez con enorme multiplicidad de significados, era la idea de “la nueva normalidad”. Con más dudas que certezas, un nuevo mundo se avecinaba.

 

¿NUEVA NORMALIDAD? ¿DÓNDE?

 

Conspiranoicxs por aquí y por allá, cadenas nacionales con filminas, antenas 5G prendidas fuego, delfines saltando patos en las aguas de Venecia, carpinchos paseándose por las calles, barbijos, pérdida de trabajos, recitales por streaming, insomnios, recetas de masa madre, juntadas por zoom, zumba, yoga, memes... Bocha de memes.

 

Con el pasar de las semanas, la hypeada nueva normalidad se asomaba como una seguidilla de hábitos alterados formando rutinas con dos factores comunes: el encierro y el consumo exagerado de redes sociales, televisión y plataformas de compras online.

 

Salgo de la perspectiva personal y voy a los datos.

 

Según informes recientes difundidos por sus propios CEOs, Facebook y Amazon duplicaron sus ganancias en el segundo trimestre del año, comparando con 2019. Mercado Libre aumentó su base de usuarios activos en un 45% y sus acciones en dólares crecieron 148% entre abril y agosto, a pesar de la tendencia bajista para  empresas argentinas. El consumo de televisión, por su parte, y de acuerdo a mediciones de Kantar Ibope Media Argentina, creció un 24% en personas de entre 20 y 34 años y un 32% para el público de 35 a 49 años en Buenos Aires. En el interior del país, los números crecen al 46% y 62%, respectivamente.

 

De acuerdo a los resultados de una encuesta realizada por la IAE Business School de la Universidad Austral, antes de la pandemia, el 65% de las empresas argentinas no tenía empleados haciendo teletrabajo, mientras que para abril, el 42% ya tenía a más de la mitad de su personal trabajando de manera remota.

 

Entonces estamos encerrados, trabajando en pantallas, matando el aburrimiento con videos y tutoriales que vemos en pantallas, y cuando no hay nada que hacer también acudimos a pantallas para “informarnos” y/o ver en qué andan lxs demás. Promediamos entre 4 y 8 horas diarias en mares de desinformación, no tenemos mucha idea acerca del futuro ni sobre cuál es la diferencia entre oficina y comedor, a la vez que luchamos por mantener salud mental y buen trato con quienes compartimos techo.

 

La virtualidad lo acaparó todo.

 

Mientras tanto, el país transita una realidad política compleja, como de costumbre: Un gobierno peronista acaba de asumir con la economía tambaleando y la responsabilidad de lidiar con los efectos de una pandemia mundial. Como si fuera poco estamos hablando de Argentina, terreno de eterna confrontación ideológica y escasa chance de alta legitimidad pública en políticas estatales. Sólo con la vuelta del kirchnerismo ya tenemos una montaña de temas que dividen aguas y hacen aún más complejo el diálogo entre adeptos, opositores y sectores medios. 

 

Para más, con la pandemia llegan nuevos binarismos y resurgen viejos temas que contribuyen a la dificultad de establecer consensos para apuntar a un lugar común como sociedad: cuarentena sí vs cuarentena no, salud vs economía, público vs privado, más Estado vs menos Estado, por mencionar algunos.

 

Dadas las circunstancias ¿Qué mejor contexto para más polarización que estar encerradxs buscando la posta del Apocalipsis en la tele, o scrolleando Twitter, Instagram, Facebook y grupos de WhatsApp?

 

Dibujo por Podeti (@podeti99)

A LA POSVERDAD LE GUSTA ESTO

 

En términos de consumos culturales y debate político, las redes sociales funcionan como “burbujas ideológicas”. 

 

En tiempos de radio, televisión y prensa papel, los medios de comunicación ya actuaban como agentes de formación ideológica e interpretación de la realidad. La libertad de expresión ostentaba su preponderancia más notoria en la idea de que la decisión de cambiar de canal, elegir qué diario comprar y qué radio escuchar nos daba una suerte de “control” sobre cómo y con quién informarnos. En nuestros días, estos viejos formatos se han visto obligados a adaptarse a la disputa de ese terreno con las redes sociales, que proponen un cambio de roles en la creación y distribución de los contenidos. Hoy somos los usuarios quienes marcamos el ritmo de circulación de la información. Peeeeeero...

 

La independencia intelectual ciudadana frente a la influencia mediática siempre fue relativa y afín a un modelo de consumo con oferta limitada y derivada de intereses privados, lo cual dio y da lugar a sesgos informativos que tienden a hacernos reafirmar posturas que a menudo ya hemos tomado. Asimismo, el concepto evolucionado de “burbuja ideológica” se explica tanto en esta ilusión del empoderamiento ciudadano como en la metodología que las redes sociales utilizan para hacer funcionar su modelo de negocios: elegimos a qué personas y medios seguir según con qué enfoques ideológicos nos identificamos y los algoritmos actúan en base a las señales que damos, cercando la pluralidad para acogernos en una falsa sensación de predominio de ideas amigas.

 

Mientras más nos gusta lo que vemos, más tiempo pasamos pegados a la pantalla, y más publicidad consumimos. Punto ganador para Mark y compañía. La prensa corre un poco de atrás, pero corre.

 

Para pensar qué rol cumple este terreno fértil para la posverdad en el devenir de la discusión política contemporánea es importante aceptar que los seres humanos somos criaturas tribales. Construimos buena parte de nuestra personalidad y tomamos decisiones basándonos en el criterio de identidad social. Esto significa que, de manera consciente o inconsciente, nos comportamos de acuerdo a lo que creemos que encaja con nuestros grupos de pertenencia. En consecuencia, es muy probable que tengamos favoritismo por personas, medios o instituciones posicionadas con ideas que reconocemos como afines a “la tribu”. Y así como seleccionamos con qué portadores de ideas nos identificamos y queremos mantener cerca, también seguimos criterios para detectar a quiénes tener lejos, quiénes son “los otros”; a quienes rechazamos basándonos en prejuicios que muchas veces no contemplan ningún tipo de matiz personal ni ideológico.

 

“Los pobres son pobres porque quieren”, “no trabajan porque prefieren los planes”, “los empresarios son todos garcas”, “los inmigrantes nos quitan oportunidades”, “los políticos son todos corruptos”, “las feministas odian a los hombres”. Ejemplos comunes y burdos para reflexionar en cómo muchas veces opinamos o difundimos información sin más resultado que enviar señales para acercarnos a nuestros compinches y alejarnos de quienes consideramos diferentes.

 

Si tomamos consciencia de que, en política, basarse en este tipo de razonamiento motivado interviene directamente en los mecanismos que definen qué consideramos verdadero o falso, de quién admitimos (y respetamos) la información o incluso a quién votamos, nos damos cuenta de que lo que está en juego es la mismísima salud de la democracia como la conocemos. Y si a todo esto le sumamos meses de encierro en las condiciones que ya conocemos, las posturas (propias y ajenas) tienen vía casi libre hacia nuestras fibras emocionales. El riesgo se multiplica.

 

En síntesis, estamos transitando un momento de grandes limitaciones para la vida pública, en el que la discusión política se desarrolla casi completamente en una virtualidad que no sólo acarrea consecuencias anímicas, sino que también afecta directamente a la posibilidad de debatir con honestidad, sin el griterío deshumanizado propio del forobardo de Internet y las redes sociales. El caldo de cultivo perfecto para la posverdad.

 

 

“Posverdad es una palabra que se está usando mucho últimamente y que, en realidad, refleja un fenómeno no tan reciente como la palabra. Consiste en desdibujar u ocultar, a veces a propósito y otras sin querer, hechos conocidos, públicos y a disposición de todo el mundo para priorizar las emociones y las creencias personales.”

 

Guadalupe Nogués, autora de “Pensar con Otros”

 

Guadalupe Nogués es bióloga molecular, pero hace tiempo se dedica a la investigación y docencia en ciencia y comunicación. En su libro “Pensar con Otros”, propone una definición más amplia de la posverdad enmarcándola en dos tipos:

 

La posverdad casual es la distorsión de la realidad que surge de mecanismos relacionados con nuestro comportamiento y personalidad. Experiencias de vida, creencias, vínculos, consumos, emociones, valores, pasiones, etc . La cometemos sin intención de engañar. Generamos y/o propagamos, involuntariamente, información sesgada, inconclusa o contenciosa, creando una situación de vacío de verdad en la que somos víctimas y victimarios a la vez. El tribalismo, como mencionamos antes, es una característica social humana que tiende a generar posverdad casual.

 

Cuando alguien reconoce y decide aprovechar la posverdad casual para generar una narrativa que contribuya a sus intereses, aparece la posverdad intencional. Esta sería, entonces, posverdad producida deliberadamente por personas o grupos interesados que ven la duda como una oportunidad de control y beneficio propio. El accionar corporativo y judicial de la industria del tabaco durante prácticamente todo el siglo XX (y sigue) es un ejemplo muy interesante para entender la existencia y funcionamiento de este tipo de posverdad.

 

Acá conviene detenerse un segundo a reflexionar sobre la influencia de este fenómeno en cada espacio de disputa de verdades. En ciencia, la noción de “verdad objetiva” es dinámica y está atada a la generación de evidencias. No hay lugar para las opiniones personales a menos que estén respaldadas por procesos probatorios avalados en lo que conocemos como consenso científico. La posverdad en temas científicos existe y mucho (hola amigue terraplanista), pero se podría decir que hay más herramientas a mano para evitar su propagación.

 

Ahora, en política, establecer los límites de la verdad objetiva es mucho más complejo. Entendido como instrumento relevante en el campo de disputa de la realidad, el posicionamiento político se nutre de numerosos y abstractos componentes: la crianza, los valores, la moral, oportunidades, formación, convicciones, vínculos afectivos, contextos culturales, realidad social, planteos filosóficos, y podríamos seguir todo el día. La subjetividad acá juega un papel mucho más importante, y está bien que así sea.

 

Pero momento. Entonces, ¿será que la posverdad puede influir en nuestras decisiones políticas, a la vez que nuestras decisiones políticas pueden afectar a la propagación de la posverdad? Qué enrosque ¿no?

 

ALGUNOS CAMINOS CONDUCEN A VALENZUELA

 

Imagino una pausa telepática en la que quien lee me propone continuar con un ejemplo que ayude a dar forma en todo este lío. A ver: habíamos empezado con Argentina 2020, cuarentena, COVID, memes, hiper virtualidad, fricción política ascendente... ¡Ya sé! Le agregamos un par de semanas de buen rating en prime times televisivos y un Brandoni en flota flota, y voilá. Lo tenemos.

 

Para mí, la marcha del 17A fue la cristalización del momento en que la peligrosísima potencia de la mezcla entre disconformidad social y posverdad (casual e intencional) ha sido más evidente. Es más, probablemente haya sido el motivo definitivo para decidirme a escribir esto, con todo lo que implicó hacerlo como remedio de mi malestar y angustia ante la situación general.

 

¿Se entiende lo difusa que puede ser la línea entre lo personal y lo político?

 

En fin, creo que la manifestación tiene muchos puntos para analizar desde las ideas propuestas en el texto. Uno es el tema de la masividad. Cualquier acción colectiva requiere al menos un punto de unión, y creo que el más notorio y sólido en este caso es el descontento hacia el gobierno de A.Fernández. Antikirchneristas, antiperonistas, gorilas, macristas, anticuarentena, libertarios, providas, votantes defraudadxs, etc., con sus diferencias y semejanzas, tienen muchas cosas que quieren decir. Algunas más racionales, otras más pasionales, pero lo más importante es que tienen al menos un interlocutor en común.

 

¿Qué necesitan estas personas que están encerradas, preocupadas, conmovidas e indignadas, para decidirse en contra de lo recomendado para su salud? ¿Qué señales de convicción pueden enviarle a sus tribus? ¿Y qué señales tienen preparadas para emitir hacia quienes mantienen ideas que desafían las suyas? ¿Qué retórica puede crear la ilusión de homogeneidad en posturas con motivos que hasta se esquivan entre sí? ¿Quién puede poner en marcha esa retórica?

 

Segundo conjunto de significantes que creo relevante en la génesis de esta masividad: la ilusión de patriotismo. La epopeya, el sentido de heroísmo, la ¿Reivindicación? de un prócer nacional, y la bandera argentina flameando en un llamado autoconvocado a poner el cuerpo por La República y la libertad contra los atropellos. Y acá se pone interesante la cosa.

 

Con el repudio a la reforma judicial, la cuarentena eterna y la inseguridad como principales temas, la convocatoria a marchar fue orquestada por el grupo mediático más influyente del país. Desde notas de tapa, pasando por editoriales televisivas de sus periodistas mejor posicionados y con fuerte presencia en redes, Clarín usó todo su aparato informativo para alimentar una motivación a la rebeldía política. A mi entender, el tratamiento informativo estuvo enfocado en generar la falsa sensación de unidad en el reclamo. Para esto, se instalaron dudas reforzadas con el fogoneo de otros enfoques discursivos que caracterizan al diverso mundo de su audiencia: no queremos ser Venezuela, la yegua chorra, basta de infectadura, etc.

 

La parte de la oposición liderada por Patricia Bullrich tomó estas banderas con una maniobra al estilo: “yo no convoco, pero voy -guiño guiño-”. También hubo invitaciones por parte de referentes culturales militantes del macrismo, como Brandoni y Maximiliano Guerra.

 

#17A Para honrar al Padre de la Patria, sin banderas políticas, solo Argentinas. Defendamos la República la Libertad y la Democracia. No, al avasallamiento! Si,a la división de poderes! “Cuando la Patria está en peligro, todo está permitido menos no defenderla” Jose de San Martín"

 

Tweet de Maximiliano Guerra (@maximilanoger)

 

¿Supone la concentración de gente un riesgo para la población en contexto de pandemia? Escuché y leí tantos argumentos afirmativos como negativos y no tengo idea de epidemiología, así que no sé. Sí vi que era la mayor preocupación del gobierno, que salió a desalentar la convocatoria vía declaraciones de ministros, ministras y hasta del mismísimo Presidente de la Nación. También hubo tapas de diarios, prime times y mucho tweet en contra del banderazo.

 

Finalmente, ese lunes feriado en el que un General José de San Martín cyborg hubiera cumplido 242 años, las pantallas nos mostraron una catarata de memes y momentazos de periodistas cubriendo. Es, para mí, el momento en el que la heterogeneidad y contraste de los motivos de concurrencia se ponen de manifiesto. 

 

Mientras algunxs argumentaban que la reforma judicial tiene como objetivo garantizar la impunidad de Cristina Fernández, ruborizándose al admitir que no habían leído ni un artículo, otros llamaban al pueblo a despertar y admitir que Bill Gates pasa noches en vela planeando vacunarnos con químicos a base de niños abortados. La cámara cambiaba el enfoque hacia una pancarta que rezaba “no al nuevo orden mundial”, que al momento era tapada por los trapos del “Patriarcado Unido Argentino”. Otras consignas eran más sintéticas, como la del cartel de una señora que decidió expresar simplemente “Libertad, Constitución, República”.

 

No pretendo generalizar ni caer en la trampa que mi manera de ver las cosas puede tenderme. No voy a deslegitimar la preocupación y el malestar de mucha gente que marchó por la sensación de inseguridad, la desaparición forzada de Facundo Astudillo y el cierre masivo de comercios, que son cosas reales. Atrás, muy atrás del ruido de desinformación y griterío seguramente hubo motivos que merecen ser puestos sobre la mesa enarbolados por la voluntad popular.

 

En efecto, estas personas podrían tener muchos puntos en común y crear una narrativa propia, pero no se dan la chance de comprobarlo. Muchas de ellas dicen abiertamente no creer en la política. ¿Qué clase de democracia sin política es la que creen defender? Es más, ¿por qué imaginan que la democracia puede siquiera funcionar sin política? ¿Cómo pretender que puedan debatir con los que piensan distinto, si ni siquiera prueban debatir entre ellos mismos? Quizá la respuesta sea que la intención detrás de manifestarse tiene más que ver con la frustración que con el debate.

 

 

Sacando del centro la cuestión sanitaria ¿Hay que culparlos? ¿Está mal ejercer el derecho a manifestarse, sea cual sea el motivo? Por supuesto que no. Lo que sí creo que deberíamos pensar es en la facilidad con que ciertos grupos de interés pueden controlar a personas que descreen de la representatividad, pero que a su vez necesitan y anhelan ser representadas.

 

¿QUÉ ENTENDEMOS POR PODER POLÍTICO?

 

Si admitimos que nuestra condición de tribales, y por ende influenciables, supone una amenaza a la posibilidad de llegar a acuerdos importantes para la vida política, quizá lo más inteligente sea aprender a detectar quién puede aprovecharse de esta vulnerabilidad que exhibimos, y cómo pretende lograrlo. Las condiciones están más que dadas.

 

Intento que mi visión sobre la política sea amplia. No la reduzco a colores y juegos de palabras. Entiendo que toda decisión o postura que implica considerar a un otro forma parte de “lo político”. Por eso, no creo en la idea de que la política se define sólo por lo que hace o no hace un gobierno, o por lo que dice o calla cierto militante de cierto partido. La veo reduccionista e ilusa para un contexto en el que existen corporaciones con más poder que los mismos estados.

 

Escribiendo esto, con mis propios sesgos y limitaciones, yo estoy haciendo política. Haberme tomado el trabajo de leer la reforma judicial para opinar al respecto, fue tomar una decisión política. Compartir un meme burlándome de un manifestante enardecido también habla de mi yo político. Suelo emitir señales para mi tribu, como lo hacemos todos y todas. Mis señales, como las tuyas, también son captadas por adeptos, detractores e interesados.

 

Lo que creo importante es que tomemos consciencia de cómo consumimos y difundimos información en este momento tan especial para la posverdad y, primero, aceptar que tiene consecuencias. Segundo, considerar lo frágil que nuestra democracia puede llegar a ser si el poder económico tiene la capacidad de ocupar semejante hueco de representatividad política. Tal es así en la Argentina de hoy, que gran parte de la oposición ha decidido relegar la búsqueda de consensos con el oficialismo, optando por ir detrás de la agenda mediática hegemónica. A mi me suena a caballito de batalla.

 

¿Avala el trosko anarco terraplanista que líderes partidarios corporativistas incluyan su voz en retóricas de triunfo que seguramente no lo representan? ¿Acepta la farmacéutica desempleada ser emparentada ideológicamente con alguien que está convencido de que el coronavirus no existe? ¿No es un poquito posverdad intencional la que generan los medios y referentes políticos al usar la palabra “pueblo” para calificar una concurrencia que quedó corta y por eso no muestran? ¿No es un poquito posverdad casual sentirse interpeladx por el orgullo de ser ese “pueblo” que lucha contra la infectadura? ¿Por qué lo tan evidente es tan difícil de explicar sin gritar?

 

Tampoco son tantos. Y convivimos con ellos. Muchos y muchas viven realidades muy parecidas a las nuestras, y otras muy diferentes. Reírnos y deslegitimar sus razones no tiene sentido, porque lo único que logramos es amplificar las voces más radicalizadas.

 

¿Qué nos queda, entonces, en este contexto de pantallas y cacerolas, poco debate constructivo, crisis mundial y futuro incierto? Un primer paso puede ser considerar una mirada más amplia sobre cómo se construye el poder. Entendernos como sujetos políticos responsables de nuestras acciones y vulnerables al aprovechamiento de sus consecuencias por parte de grupos interesados de rostros invisibles.

 

El sólo hecho de leer todo antes de poner me gusta o compartir ya es un avance en este sentido. No quiero que nos transformemos en policías censuradores de posteos en redes o algo por el estilo. Simplemente, no dejemos que los nuevos desafíos tecnológicos y lo que queda de un formato de industria informativa podrida, corporativista, decadente y generadora de posverdad sigan poniendo en riesgo nuestra posibilidad y nuestro derecho de relacionarnos mejor. De construir nuestra realidad política con ideas reales y debates honestos en lugar de titulares, clickbait y algoritmos.

Fuentes:

https://www.infobae.com/politica/2020/04/06/por-el-coronavirus-el-42-de-las-empresas-tiene-a-mas-de-la-mitad-de-su-personal-haciendo-teletrabajo/

https://www.infobae.com/economia/2020/07/31/caen-acciones-y-bonos-argentinos-por-toma-de-ganancias-en-wall-street-pero-mercado-libre-anota-un-nuevo-record/

https://www.cronista.com/clase/trendy/Milagro-del-coronavirus-por-que-los-millennials-miran-mas-television-en-cuarentena-20200428-0005.html

https://www.iprofesional.com/management/313868-argentina-en-modo-home-office-cuantos-millones-de-empleados-teletrabajan

https://www.america-retail.com/argentina/las-ganancias-de-mercado-libre/

http://beta.elgatoylacaja.com.ar/pensarconotros/somos-tribales

https://josecrettaz.com/contenidos/guadalupe-nogues-la-posverdad-genera-grietas-que-son-una-amenaza-para-la-vida-democratica/