Internet ¿Un oligopolio a controlar?

Por Sofía Saal

Foto: Gucci Cyborg Fall/Winter 2018-2019

 

En el neoimperialismo tecnológico, a diferencia del imperio tradicional, el oro es reemplazado por nuestros datos. La época de los medios conectivos, más que impulsar la libertad, fomenta el monitoreo por parte de un puñado de empresas que no sólo conquista estos medios sino que quiere dominar diversas industrias, como el transporte, entretenimiento, salud, finanzas, etc. en busca de una monopolización de los mercados. 

 

Según Natalia Suazo, especialista en política y tecnología, la clase tecno-dominante está formada por el llamado “Club de los 5” (Google, Microsoft, Facebook, Apple y Amazon), que concentra poder en los datos que posee. Sus plataformas tecnológicas se basan más en la participación que en la propiedad, dominando de esta manera a partir de la elección de los usuarios. Estos modelos se presentan como medios de conexión gratuitos, direccionando nuestra elección a ellos (como explicamos en Atención 2.0) que reciben nuestros datos a modo de paga. 

 

En una gran matrix global, todos estamos cada vez más conectados y al mismo tiempo controlados. Todo lo que hacemos en Internet, deja una huella. La vigilancia se basa en estas huellas a partir de la minería de datos que combina grandes cantidades de informaciones para encontrar patrones. Cedemos voluntariamente cada dato personal, permitiendo generar interpretaciones sobre nosotros de la cual subyace la sutil manipulación de dirigir nuestra atención hacia donde el algoritmo nos lleve.

 

Los medios digitales no son solamente un aspecto de nuestra vida, sino que la moldean en la toma de decisiones en diversos campos, tanto dentro como fuera de la pantalla. Los algoritmos funcionan a modo de capa matemática que interviene en todas las esferas de la vida, incluso en la manera de relacionarnos con los demás y con nosotros mismos. Las plataformas impulsan a los individuos a trasladar muchas actividades de su vida cotidiana, social y cultural a entornos virtuales, es decir, de alguna manera todo lo que les pasa a las personas, pasa por la red.

 

En el marco de una cultura de la conectividad, la socialidad se tecnifica afectando los modos de hacer y pensar de los individuos que la conforman. Van Dijck, autora e investigadora de los nuevos medios y profesora de Estudios de Medios Comparativos de la Universidad de Ámsterdam, explica en su libro “Cultura de la conectividad” que la conexión humana del mundo offline, cuyas relaciones resultan valiosas en virtud de su cualidad y condición, está siendo desplazada por la conectividad automatizada del online, cuya importancia reside en números. 

 

Si hasta lo más íntimo que tenemos, nuestros vínculos, están “duplicados en datos” ¿no deberíamos considerar tener derecho a la información que circula de nosotros? ¿Qué decisiones debemos tomar para que sigamos siendo las personas las que definamos nuestro futuro colectivamente? Es necesario establecer una esfera legal que sirva para proteger los derechos de todos y que podamos decidir en qué contexto queremos que nuestros datos sean interpretados.  

 

Se suele atribuir la “culpa” de la manipulación de nuestros datos a la grandes empresas que dominan la red. Las empresas persiguen incrementar sus beneficios, bien o mal ese es su objetivo, pero ¿no es el Estado el responsable de asumir las regulaciones? Sabemos que la omisión de ello contribuye al modelo de concentración y convergencia de las grandes empresas, que en este caso implica grandes consecuencias tanto en la socialidad como en la producción cultural de su propio territorio. Si sólo un puñado de empresas manejan los contenidos simbólicos, ¿cómo se pretende que se den los elementos básicos para que una sociedad sea plural y ese pluralismo esté representado en las formas de comunicación? Ser diversos, representar distintas opiniones, lenguas y culturas regionales es caro, pero perder la pluralidad es perder la democracia, lo cual conlleva renunciar a nuestro derecho más valioso: la libertad a elegir.