La forma propia 

Por Sofía Saal

“Yo monstruo de mi deseo
Carne de cada una de mis pinceladas
Lienzo azul de mi cuerpo
Pintora de mi andar
No quiero más títulos que cargar
No quiero más caros ni casilleros a dónde encajar
Ni el nombre justo que me reserve ninguna ciencia”
 
Fragmento de “Yo Monstruo Mío” por Susy Shock

Foto: Boris Camaca

Los tiempos en los que existía el otro han pasado. El otro como amigo, como infierno, como misterio. El otro como deseo. En un contexto de lucha por la libertad identitaria de lxs sujetos, estamos al mismo tiempo inmersxs en consumos serializados a través de las redes que nos devuelven representaciones estereotipadas de las identidades a través de las pantallas. Es la proliferacion de lo igual, lo que haciendose pasar por crecimiento, constituye hoy esas alteraciones patologicas del cuerpo social. En un lugar sin espacio para la alteridad, la expulsión de lo distinto nos lleva de la mano al infierno de lo igual.

 

Nos encontramos frente a un contexto de lucha por la libertad identitaria de lxs sujetos, mientras que al mismo tiempo nos vemos inmersxs en consumos serializados a través de las redes sociales que gran cantidad de veces nos devuelven representaciones de identidades estereotipadas a través de las pantallas. Muniz Sodré afirma que nos encontramos con el telón de fondo de una estetización generalizada de la vida social, donde las identidades personales, los comportamientos y hasta los juicios de naturaleza supuestamente ética pasan por el filtro de una invisible comunidad del gusto, en realidad el gusto “medio”, de manera estadísticamente determinado. 

 

Byung Chul Han declara en “La expulsión de lo distinto” que los tiempos en los que existía el otro han pasado. El otro como amigo, el otro como infierno, el otro como misterio, el otro como deseo van desapareciendo, dando paso a lo igual. La proliferación de lo igual es lo que, haciéndose pasar por crecimiento, constituye hoy esas alteraciones patológicas del cuerpo social. La expulsión de lo distinto y el infierno de lo igual, un lugar sin espacio para la alteridad.

 

En esta puja es preciso preguntarnos ¿Qué lugar tiene la diversidad en nuestras identidades? ¿Cuál es el margen de libertad que funciona en los conceptos que deconstruímos? 

 

Ya en 1983, Donna Haraway plantea en su Manifiesto Cyborg no sólo una invocación a los actos políticos, sino que polemiza el feminismo de la tercer ola por buscar identidades totalizantes. Haraway plantea como un nuevo sujeto a un Cyborg, el cual define como “un organismo cibernético, un híbrido de máquina y organismo, una criatura de la realidad social y también de ficción que permite acoplamientos fructíferos”. Las máquinas son reconocidas como artefactos protésicos amigables: no está claro quién hace y quién es hecho en la relación humano-máquina. El Manifiesto encuentra placer en la confusión de fronteras y supone una responsabilidad en su construcción como forma política. 

 

La figura del Cyborg propone reescribir activamente los discursos en que hemos explicado nuestros cuerpos y nuestras relaciones sociales. Propone salir de los dualismos, entender que las teorías universales y totalizadoras salen de la realidad, porque la realidad es la contradicción en funcionamiento. El Cyborg es una heteroglosia, es la convivencia de multiplicidades. Propone un nuevo modo de pensar algunos conceptos presentados por el feminismo de la tercera ola (clase, género, raza) por fuera de los esencialismos,  a través de relaciones. Afirma que ninguna construcción es total. 

 

El Cyborg es un mito que trata de fronteras transgredidas, fusiones poderosas y posibilidades peligrosas que podemos explorar como parte de un necesario trabajo político por fuera de los dualismos: un mundo que podría tratar de realidades sociales y corporales vividas en las que la gente no tiene miedo de su parentesco con animales y máquinas, ni de identidades permanentemente parciales ni de puntos de vista contradictorios. 


De este lado de la tierra y del tiempo, la socióloga, activista, teórica contemporánea e historiadora boliviana Silvia Rivera Cusicanqui lanza en 2018 su libro “Un Mundo CH’IXI es posible”. En su obra, plantea el concepto aymara Ch’ixi para referirse a las “entidades que son poderosas porque son indeterminadas, porque no son blancas ni negras, son las dos cosas a la vez.”. Silvia encuentra palabras por fuera de los dualismos de nuestro lenguaje, proponiendo ese lugar, “esa mezcla rara que somos”, para construir desde allí los vínculos comunitarios y territoriales.

 

En tiempos de imágenes totalizadoras, de conceptos estereotipados, de nuevos regímenes de exigencias sociales, retomar a Donna y a Silvia permite acercarnos a la creatividad, a la forma propia. Olvidar la alteridad del otrx y negarnos la alteridad que habitamos personalmente nos destierra de nuestras particularidades. Expandir los conceptos, ser mujer/hombre/no binarie/ animal desde un lugar amplio, habitar nuestra identidad desde las particularidades que nos constituyen, devenir rizoma.