Convivir con lo no-humanx

Las categorías ya fueron y la reformulación del todo y sus partes se vuelve imprescindible. Lo no-humanx convive con los latidos y nos invita a pensar su rol en la experiencia de existir, en nuestra forma de habitar. 

Por Diego Caravajal, Sociólogo, Magister en Historia y Teoría del Arte, y candidato Doctor en Arquitectura y Estudios Urbanos.

Teniendo en cuenta que la noción de sujeto no existe si no es pensada a partir de una relación, la propuesta Latouriana se vuelve interesante en el desarme de las categorías tal como las conocemos. En Bruno Latour la simetría “humanx y no-humanx” o “más que humanx” excede los límites del lugar o un territorio. Hablamos de un desplazamiento de campos de saber o descentramientos topológicos de pensar, que deriva de la Teoría del Actor-Red (ANT) que insiste en la capacidad que tiene lo no-humanx de participar en el sistema. 

La “teoría Latouriana” excede los límites en un contexto académico de hiperproductividad, pero no porque no publique paperssi es que así fuese- sino porque “rompe” con los topos, límites y quehacer de la investigación espacialmente segmentados por “proyecto” o “línea de investigación”. Podemos nombrarlo como  un “desarme arquitectónico del saber” o una forma de “sacudir los hábitos” como diría Foucault, para ver queda ahí o que es lo que se restituye en la abertura. En este contexto, los problemas actuales de cualquier saber son al mismo tiempo los problemas de su formación epistemológica, o como diría Boris Groys de su propia incapacidad de “diseño de sí”.

Latour parasita, yace más allá de la estructura y visibiliza relaciones inter-especies, técnicas, objetos, ensambles. Evidentemente también se trata de las formas habitar y de la experiencia, es por eso que se ha tornado fundamental para la antropología chilena (posconservadora), puesto que desde la articulación socio-técnica, se puede ir más allá y liberarse de las categorías “pueblo”, “comunidad”, “ambiente”: Categorías que por mucho tiempo estuvieron capturadas en la antropología occidental-colonial del fetiche de lo otro/origen (a lo Malinowsky). De esta manera, en la actualidad se pueden articular “mallas” desprovistas de esencia y naturalización, para pensar si se quiere el rol de lo no-humanx y los objetos en la experiencia que se da en el transporte, en infraestructuras y tecnologías urbanas: la relación entre lo vivido, lo planificado y las encarnaciones entre cargas, bolsos, carreteras y rotondas que afectan los movimientos en la ciudad. De hecho hoy, pero a otra escala, estamos en un escenario de ensamble importante y que funciona como normalización política del trabajo: entre “ojos sin rostros”[1] la vida parece estar sobre producida en sus “recursos naturales”, ahí en la conexión energética-tecnología inscrita en lxs cuerpxs. Un ejemplo de corte realista y pandémico de esto, se da en la constante carga de los dispositivos en la proximidad espacial y doméstica de nuestras viviendas, como una experiencia de inversión de capital (discontinuo) o como un tiempo intenso y en conflicto de lo que resta para la siguiente actualización o (re)producción de vida. 

En ese plano: ¿Cuál podría ser esa experiencia mínima cuando el espacio y el tiempo se nos aparece excedido?

Esta relación de lo humanx y lo no humanx, también está en la película “Nostalgia de la luz” de Patricio Guzmán (2010[2]), donde a tres mil metros de altura de la superficie poblacional y marítima, lxs astrónomos del mundo globalizado-académico, observan “los confines del universo”, al tiempo que las mujeres familiares de detenidxs de desaparecidxs (Chile) buscan también los cuerpxs que los militares lanzaron al desierto de Atacama. Véase aquí un ensamblaje sensible y de barbarie: la relación entre la búsqueda de los confines y formaciones astronómicas fuera del planeta, en donde por una parte se nos habla de técnica, naturaleza y laboratorio; y de otro lado de la búsqueda microscópica y sufriente en cada búsqueda fallida de algún resto óseo-político. En efecto, y como muestra el film, el observatorio ALMA[3] da cuenta de eso, de una relación entre geografía y astronomía o entre superficie e infinito; pero también de una malla de capital globalizado, de controversias, políticas, pueblos y trozos de huesos mutilados en la amplitud desértica. Lo que también, por otra parte, nos remite al plano/vida (el adentro y afuera del mundo) y la imposibilidad de pensar en “un contexto” que se torna cada vez más esquivo; al estar la experiencia y el tiempo atravesado por el capital financiero-globalizado donde lo local termina excedido. Y en donde parece ser, como dice Timothy Morton, que el mundo es algo que realmente ya acabó en cuanto a las categorías conceptuales y de enunciación del viejo modelo. Lo que hace de alguna manera que, la visibilización de las complejas hibridaciones y relaciones humanxs no-humanxs, deban estar puestas en escena de forma crítica y política; estando atentxs hoy por ejemplo a los procesos de desconfinamiento, para ir discutiendo sobre el cómo se van recomponiendo sensibilidades, maneras de observar, afectar y habitar, antes de hacer un programa de vida pos-pandemia.


[1] https://bim.com.ar/mirarnos-a-los-ojos/artists?id=75

[2] https://docma.es/dvds/nostalgia-de-la-luz/

[3] https://www.almaobservatory.org/es/inicio/

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Marco Antonio Moraga
Marco Antonio Moraga
1 month ago

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