FUIMOS INGENUOS

Tomás Balmaceda, filósofo e investigador en IA, propone salir del apocalipsis y del entusiasmo acrítico para pensar la tecnología como lo que siempre fue: parte de nosotros.

Tomás Balmaceda empieza su conferencia hablando de San Dionisio. Lo usa como imagen: un santo que cargaba su propia cabeza decapitada, caminando kilómetros con ella entre las manos. Es, dice, el ciudadano digital por excelencia. Andamos por el mundo con la cabeza fuera del cuerpo: a veces en las manos, a veces en un bolsillo.

Saco la mía de la cartera y anoto lo que dice: «Fuimos ingenuos. Creímos que con más información íbamos a tener más verdades, y sin embargo hoy la verdad parece haberse vuelto imposible.»

Un rato antes de la conferencia, tuve la oportunidad de encontrarme con él. Tomás es doctor en filosofía y se especializa en estudios sobre inteligencia artificial. También es panelista de Gran Hermano, dato que me motiva a hacerle preguntas sin rodeos. Es de esas personas que tienen mucho para decir, pero que lejos de los tecnicismos de la academia proponen una conversación cálida, que te invita a preguntarte cosas.

LA FILOSOFÍA Y EL PRESENTE

MJ  ¿En qué sentís que nos equivocamos cuando nos preguntamos si la IA piensa?

Uno de los roles de la filosofía es pensar el presente, y es uno de los más difíciles. En general, la filosofía es muy buena para lo que ya sucedió: para dar un marco, para encontrar herramientas conceptuales que permitan entender qué pasó. Hay una imagen clásica —la famosa lechucita— que viene de la Antigua Grecia, donde la sabiduría estaba representada por una lechuza. Hegel retomó esa idea siglos después: el búho de Minerva levanta vuelo al atardecer. La filosofía siempre llega después de que pasaron las cosas.

Pensar el presente es entonces una tensión para la disciplina. A mí siempre me interesó la filosofía, y desde chico me gustaban las computadoras. Con el boom de la inteligencia artificial, creo que lo que nos pasa a todos es que

nos faltan categorías para pensarlo mejor.

Hay personas que frente a la IA tienen miedos desmedidos, ese temor apocalíptico que aparece siempre. Y otras que la abrazan de manera acrítica, convencidas de que es la solución a todo. La mayoría intuye que la verdad está en algún punto intermedio. Ahí la filosofía tiene un rol.

En mis clases trato de pensar la tecnología —y la inteligencia artificial en particular— como

una de las estructuras del poder: algo que te permite hacer cosas o te impide hacerlas, que determina quién tiene valor y quién no.

Esa labor filosófica de elucidación conceptual enfrenta dos obstáculos. Por un lado, muchas personas del área técnica no quieren saber nada de todo esto: un ingeniero de datos, un analista de sistemas, quizás escucha «filosofía» y dice que no tiene nada que ver con su trabajo. Por otro lado, desde las humanidades muchas veces nos auto-excluimos. Somos nosotros los que decimos: «¿Qué puedo opinar yo?»

EL ARTEFACTO Y EL CYBORG

MJ  Las teorías cyborg proponen que la tecnología no es una herramienta externa sino parte constitutiva de lo que somos. ¿Cómo lo pensás vos?

La filosofía de la técnica tiene un concepto útil para esto: el artefacto. Un artefacto no es algo natural sino la concreción material de una intención humana. Un teléfono, en el fondo, es metal procesado, minerales. Una roca y un cacho de metal. Pero nosotros le pusimos lo que queríamos que hiciera. Cuando lo pensás así, podés distinguir dos tipos: los artefactos tecnológicos, que organizan técnicamente el mundo y nos dan acceso a habilidades que antes no teníamos, y las obras de arte, que son otro tipo de artefacto.

Lo que importa de pensar algo como artefacto no es solo cómo fue hecho, sino qué querías hacer cuando lo hiciste. Esa dimensión intencional te permite evaluarlo: decir si está bien o mal, si es justo o injusto, si es bello o no. Podés hacer juicios de valor. Un iPhone, un auto que se maneja solo —pero también una piedra que alguien levanta del suelo y lanza— son artefactos. Romeo usaba piedritas para que Julieta se acercara al balcón. La piedra tiene intención.

Nuestra especie, el homo sapiens, es una especie en la que la tecnología está imbricada en su propio desarrollo. Por eso yo sostengo que

siempre fuimos transhumanos. Siempre fuimos cyborgs.

Me operé hace poco de una hernia y me pusieron una malla. Soy un cyborg. Quien tiene un stent o una prótesis de cadera también lo es. Y los que usamos lentes: esos lentes corrigen nuestra vista hasta el nivel de lo «normal». Ahora, si de golpe ese lente empieza a darnos información térmica, o a mostrarnos datos del entorno, estamos pasando a otra cosa. Pero no hay un salto revolucionario: es una continuidad.

Parece ser que siempre fuimos cyborgs, siempre fuimos transhumanos, y lo que estamos haciendo ahora es encontrarnos con un tipo de tecnología que es muy buena en áreas donde no sospechábamos que podía serlo. Que escribe. Que hace canciones. Que dibuja. Que da la ilusión de que estás hablando con alguien. Eso es lo novedoso.

DISCURSO PÚBLICO Y ADOPCIÓN

MJ  La adopción real de la IA en Argentina todavía es baja. Pero en el discurso público parece que ya es omnipresente. ¿Cómo ves esa tensión?

Juegan dos cosas: lo que efectivamente sucede y lo que pasa en el discurso público. El discurso es muy central y tiene un efecto interesante. Cuando voy a dar conferencias de divulgación, nunca pregunto quién usa inteligencia artificial. Es una pregunta que trae malas respuestas. En general todo el mundo levanta la mano, y entre ellos, mi sospecha, hay mucha gente que la probó, le pareció un fracaso y no volvió a usarla. Pero igual levanta la mano.

Doy talleres para profesores de colegio secundario porque me parece fundamental. Y evito preguntarles cómo la usan, porque el discurso público muchas veces te obliga a decir que estás usando algo aunque no sea así.

Yo evito hablar de revolución. No sé si es una revolución: para saberlo necesitás perspectiva histórica. Pero sí creo que esta tecnología se nos va metiendo adentro de manera progresiva e inevitable. Lo vinculo con mi experiencia en la pandemia. Antes de 2020 no tenía clases remotas. La idea de que una clase online fuera equiparable a una presencial me parecía completamente antinatural. Hoy doy un máster online con estudiantes de toda América Latina, durante tres horas y media. Ordeno mejor mis clases, uso citas, videos. Esa digitalización me atravesó. Si me encontrara con el Tomás de marzo de 2020, sería un peor profesor que el de ahora. Pero ese proceso no fue fácil.

EDUCACIÓN Y DOCENCIA

MJ  ¿Cómo imaginás que se reconfigura la educación a partir de todos estos cambios?

Acabo de terminar un libro con Silvia Bacher, especialista en comunicación y educación, que en teoría ese va a llamar Saber o no saber. La pregunta que nos hacemos es qué significa enseñar, aprender y saber hoy. El debate sobre cómo cambia la docencia suele centrarse solo en el docente, y eso es injusto. Lo que puede hacer un docente en el aula es muy limitado. Hay una presión enorme sobre la escuela: que regule el bullying, que enseñe pensamiento crítico, cultura general, que logre que los chicos no miren las pantallas. Eso no lo resuelve solo el docente.

El año pasado, en una de mis materias, leímos un libro entero. Un padre le dijo a su hijo: «En la universidad tendrían que enseñarte a usar ChatGPT, no a leer libros.» Uno se pregunta qué estamos entendiendo por aprender. Pasan muchas cosas en el aula, pero lo que hago yo en mis horas de clase no tiene nada que ver con lo que sucede en la cena. Si el padre dice lo contrario, estoy perdido.

En mis clases ya no transmito contenidos fácticos. Trato de enseñar habilidades: cómo abordar un texto, cómo estructurar una opinión propia. Antes se estudiaba quién era tal pensador o en qué año se publicó tal obra. Eso ya no es el centro. El centro es qué podés hacer con lo que sabés.

Y eso cambia la pregunta sobre el trabajo. La metáfora de la «carrera» está quedando obsoleta: todos parten del mismo punto, sabés si vas adelante o atrás. Eso ya no existe. Mi colega Alejandro Melamé habla de trayectoria laboral: gente que viene de otros ámbitos, que se detiene para estudiar, que trabaja mientras estudia, que entra a una ONG, que se va de la corporación y vuelve cinco años después. Esa trayectoria es mucho más honesta con lo que está pasando. Preparar a alguien para ese mundo todavía no constituido es un desafío enorme, pero no es imposible. Va a requerir un trabajo comunitario, no solo centrado en lo que hace un docente.

TRABAJO, AUTOMATIZACIÓN Y LO QUE SE PIERDE

MJ  Hubo casos resonantes ultimamente de empresas que reemplazaron empleados por herramientas de IA. ¿Qué pensás de eso?

El mundo del trabajo está en transformación, eso es claro. Si podemos aprender algo de otras transformaciones profundas —la revolución industrial, la invención de la imprenta— es que son procesos muy difíciles y muy traumáticos. Me gusta recordar a modo de ejemplo que en Londres, que era el Dubái de esa época, hubo hambrunas durante la revolución industrial. Esa transformación era profundamente problemática. Sin embargo, no tenemos por qué repetir la historia; tenemos la posibilidad de cambiarla.

La IA siempre apunta a la eficiencia: hacer más con menos esfuerzo. En el ámbito del trabajo parece natural gravitar hacia eso. Pero hay cosas que no pueden sacrificarse en el altar de la eficiencia. Una de ellas es la formación de quien recién empieza. Todos los que tenemos más experiencia llegamos hasta acá porque tuvimos un primer trabajo, primeras clases, errores, un camino. Ese camino nos hizo quienes somos.

Si los trabajos de entrada —los del junior, del recién llegado— son automatizables, de golpe alguien llega al mercado sin esa experiencia que nadie le dio, y se enfrenta directamente a la complejidad que tampoco nadie le explicó.

Es una serpiente que se come la cola.

Cuando termina la conferencia, vuelvo a pensar en San Dionisio caminando con su cabeza entre las manos. Tomás tiene razón: llevamos siglos haciéndolo. Usamos piedras, lentes, imprentas, stents. Integramos tecnología a nuestros cuerpos y a nuestras mentes mucho antes de que hubiera un nombre para eso. Lo que cambia hoy no es la naturaleza del vínculo, sino su velocidad y su extrañeza. La IA escribe, dibuja, conversa. Y nosotros, cyborgs de siempre, seguimos preguntándonos qué significa saber, enseñar y trabajar en un mundo que todavía no terminó de constituirse. Quizás la respuesta no esté en la máquina ni a pesar de ella, sino en ese espacio híbrido que Haraway ya nos señaló: el lugar donde la carne y el código aprenden a convivir sin que ninguno se rinda.

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Maria Jesus Abril

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