CYBORGS NO TRASNHUMANOS

El vértigo de no saber quiénes somos

Creo que todos nos estamos sintiendo medio raros y confundidos en este momento. Un síntoma colectivo. Desorientados, paralizados. 

Hay más información de la que podemos procesar, la velocidad de cambio del mundo es mayor a la que acostumbramos y hasta las verdades y estructuras que dan forma a nuestro mundo, están mutando. No sabemos que es real y qué no, y la inteligencia artificial ocupa en esto un rol central, pero así también resignifica lo que es ser humano: nuestra identidad, nuestro rol, nuestra existencia y nuestras capacidades.

Se habla de que nos va a reemplazar de distopía, de la caída de Occidente, el nuevo control. Y mientras tanto, ¿qué hacemos además de temer, quejarnos y preocuparnos? Además de seguir con nuestra vida: No dormimos, pero seguimos. No pensamos, pero trabajamos. Nos enfermamos, pero no paramos. Sufrimos, pero no cambiamos. Nos equivocamos, pero no aprendemos. Literalmente estamos en piloto automático.

La trampa del piloto automático

Ese modo automático —estado neurobiológico que surge como mecanismo ante la desorientación y desregulación mental y física— es lo primero que nos deshumaniza, Hannah Arendt nos advierte que la maldad la mayoría de las veces tiene forma de ignorancia, no como una falta de inteligencia, sino como una ausencia de pensamiento y una incapacidad de juicio crítico. Esa es la banalidad del mal, el horror cometido por obediencia, rutina o indiferencia. 

Biológicamente, permanecer en ese modo automático también tiene consecuencias negativas físicas y mentales: desconexión corporal, desregulación, enfermedades por falta de cuidado y atención, anhedonia, pérdida de flexibilidad cognitiva. La neurociencia lo confirma: cuando operamos en piloto automático, el cerebro activa la “red por defecto” (Default Mode Network), asociada a la rumiación, la desconexión del presente y la rigidez cognitiva. En cambio, cuando estamos presentes, atentos, se activan redes diferentes, vinculadas a la flexibilidad, el aprendizaje y la regulación emocional. 

Pero el mundo moderno nos empuja al automático. Pantallas, notificaciones, rutinas repetitivas, consumo acelerado. Es más eficiente para el sistema, pero es devastador para el organismo, para la humanidad.

Las nuevas narrativas que pasan inadvertidas

Estamos viendo en masa la consecuencia del modo automático, modo supervivencia: mejor no parar, no prestar atención, no sensibilizarse, no dejar de ser “eficiente”. Y aparece una opción ante el caos generado por este sistema, un cambio de narrativa inminente: cambiar lo material por lo espiritual, el capital por religión, la eficiencia por resiliencia. Y creo, que esos discursos crecerán hasta ser la nueva hegemonía. Ya lo vemos en el auge de las espiritualidades exprés, el mindfulness corporativo, la religión como refugio del colapso. Pero como sabemos, el poder se transforma, ahora en eso y siempre en biopoder.  

Pero, ¿qué pasa si la religión es otra distracción? ¿qué pasa si la espiratualidad es otra cosa? ¿si el verdadero Dios está en nosotros? 

Pienso, ¿Y si mitológicamente, la manzana prohibida que mordió Eva era esa visión de la verdad: que no hay Dios externo, sino que el mito de Dios es lo que está dentro nuestro, escondido, tapado y que el poder está en ella?

Hay muchas pistas en los mitos. El historiador de las religiones Mircea Eliade mostró que los mitos no son mentiras, sino estructuras de sentido que organizan la experiencia humana.  El mito de la caída no habla de un pecado original, sino del momento en que la humanidad se separó de su propia naturaleza interna, buscando afuera lo que siempre estuvo adentro. 

Yo sé que no parezco bióloga hablando así. Pero justamente por asombrarme con la vida, por ver su evolución, por prestar atención a lo explicado y a lo no explicado, por estar comprometida con la ciencia y con la epistemología, es que trato de buscar los puntos ciegos en mi pensamiento y en el pensamiento hegemónico, en mi realidad y en la verdad dominante.

Por eso cuestiono, argumento y debato, con un principio evolucionista, porque la evolución no olvida la historia ni la biología, nos enseña algo que la cultura occidental suele olvidar: predecir el futuro se hace estudiando el presente con la mirada puesta en el pasado. No hay atajos, la historia biológica y cultural nos constituye.

Exceso de Darwin

¿Qué creo como bióloga después de años de estudio? Que la idea de que la naturaleza “selecciona” al más “apto” y que la vida se mueve con la supervivencia del más fuerte fue un error. O mejor dicho, una mala interpretación.

Tengo que aclarar, que la idea de Darwin haya sido excelente para ese momento, no significa que debe quedar estática de por vida cuando la evidencia amerita su revisión. Y segundo, Darwin nunca dijo “supervivencia del más fuerte”, ese fue Herbert Spencer. Darwin habló de descendencia con modificación y de selección natural, pero también reconoció la cooperación como un factor evolutivo clave. De hecho, en “El origen del hombre” dedicó un capítulo entero a las “cualidades morales” y a la simpatía como ventajas evolutivas, remarcando su asombro y frustración por no poder explicar la maravilla del arte.

Lo que la biología contemporánea muestra —desde la teoría de la evolución por deriva de Kimura hasta la endosimbiosis de Lynn Margulis y la Teoría de Gaia o de la Evolución por Deriva Natural de Maturana— es que la evolución no tiene dirección, no tiene progreso necesario, no tiene una flecha que apunte hacia nosotros. No estamos “más arriba”, ni más en el centro. Somos una rama más en un árbol que se bifurca todo el tiempo.

Sobrevivir es acoplarse, de manera coherente, en baile entre organismo y entorno, un juego en el que ganan quienes se entrelazan mejor, quienes se vinculan mejor al entorno. 

La tecnología que no necesitamos

Y si se trata de vincularse mejor con el entorno, estamos perdiendo. Estamos perdiendo las capacidades para acoplarnos. Comenzando con la percepción, con no saber qué es real y que no, qué se puede tocar, qué se puede imaginar, quién está al lado, quiénes formas las redes de las que dependemos. Y mucho de esto, es por mediar nuestra realidad todo el tiempo, vivimos más en interfaces que en el mundo físico. 

En los últimos años, la tecnología ha resignificado nuestra propia vida a tal punto que no conocemos nuestro cuerpo ni el poder de las comunidades. No sabemos qué hace nuestra mente realmente. No sabemos cómo resonar con otros. No sabemos cómo vincularnos con la naturaleza. No sabemos qué “dicen” los animales.

Y sin embargo, hay demasiado conocimiento disponible: sobre escuchar nuestro cuerpo, sobre limpiar nuestra mente, sobre ver los movimientos de las mareas y las bandadas, sobre escuchar las variaciones en el canto de las aves, sobre leer los ojos de un perro.

Las opciones son: no morir, vivir en la virtualidad, con prótesis tecnológicas. Creo que es un error habitar una virtualidad antes que una realidad sensible extremadamente compleja, una máquina antes que un cuerpo. 

Siempre seremos Cyborgs, pero ¿de qué tipo?

Donna Haraway, en su Manifiesto Cyborg (1985), nos dice que el cyborg no es solo el humano con implantes o prótesis. Es una condición: la de habitar fronteras borrosas entre lo orgánico y lo tecnológico, lo natural y lo artificial, lo humano y lo no humano. Pero hay una frontera que el cyborg contemporáneo ha descuidado: la que separa la experiencia encarnada de su simulación digital.

Pasamos horas en pantallas, en avatares, en feeds. Nuestros cuerpos están quietos mientras nuestras mentes viajan. Y en ese proceso, algo se pierde, el entrenamiento para la vida real, se entrena la ilusión como la realidad. Se pierden mecanismos para la vida física: los ritmos circadianos se desregulan, la interocepción se embota, la capacidad de presencia se atrofia.

Y no propongo abandonar la tecnología. Sino que me alarma la forma en la que la estamos usando. En contraposición, el slow tech es apuntar a tecnología que potencie nuestras capacidades, que no limite nuestros flujos eléctricos, energéticos, químicos, biológicos. Tecnología que no nos bloquee, sino que nos amplifique.

Entonces, se trata de preguntarse: ¿qué tipo de Cyborg estamos siendo? ¿Uno que potencia su encarnación y las capacidades humanas o uno que la abandona?

Lluvia de ideas 

La naturaleza ya tiene las respuestas. Las bandadas de estorninos no tienen líder. Sin embargo, coordinan movimientos perfectos a partir de reglas locales simples: alinearse con el vecino, no chocar, mantener la cohesión. Es un sistema descentralizado, resiliente, eficiente. ¿Cuántas organizaciones humanas podrían aprender de eso?

Los árboles de un bosque no compiten. Se conectan por redes de micelio subterráneo que transfieren nutrientes, agua, señales de alarma. Un árbol enfermo es ayudado por los vecinos. La simbiosis no es una excepción, es la regla. 

Creo que hay que volver a nuestro cuerpo, reconocer esos patrones, esas formas. 

  • Entrenar nuestra percepción, para acoplarnos mejor. Porque no nacemos percibiendo al máximo, es entrenamiento, como los músicos entrenan el oído, los catadores entrenan el gusto, los meditadores entrenan la atención, metacognición, interocepción, propiocepción, hay mucho que explorar. 
  • Construir nuevos significados. Coherentes con la experiencia. Compartidos. No representativos, sino vividos.

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  • Complejizar la realidad. El pensamiento hegemónico nos empuja a simplificar, a polarizar, a etiquetar. Pero la vida es compleja. La biología es compleja. Y nuestra mente puede sostener esa complejidad si no la anestesiamos con pantallas y consumo.

Quizás la religión no sea la mejor opción. Pero lo espiritual, sí. 

Creer en algo mayor que uno mismo. Y creer en nuestras propias capacidades que a veces parece magia. Creer no un Dios externo que juzga, sino la red. El amor. La compasión. La vida misma. No es casualidad que todas las tradiciones contemplativas —budismo, cristianismo místico, sufismo, taoísmo— hayan llegado a conclusiones similares: la separación es ilusión. La red es real.

Cyborgs más complejos

La biología nos enseña que no hay organismos sin entorno. No hay evolución sin historia. No hay cognición sin cuerpo. No hay humanidad sin otros. Creo que el error de Occidente fue creer que teníamos que mejorar la naturaleza sin siquiera explorarla, mejorar “las capacidades humanas” sin desarrollarlas, armar transhumanos a medida que se pierde humanidad. Creer que la razón podía prescindir del cuerpo, que el individuo podía prescindir de la comunidad.

La ciencia está mostrando lo contrario. No porque sea nueva, sino porque finalmente nos atrevemos a mirar: El futuro no está escrito, La evolución no tiene destino, lo que viene no es inevitable. Se co-crea, se en-actúa, se baila. Empieza con esta respiración, con esta atención, con esta decisión de no seguir en automático. No sé si eso es suficiente. Pero es todo lo que tenemos y por ahora, es bastante.

Un artista digital trabaja con luz, con tiempo, con interacción. Pero ¿qué pasa con la percepción de quien mira si su sistema nervioso está saturado, desregulado, en piloto automático? ¿qué experiencia estética es posible cuando la atención se fragmenta en segundos? ¿qué pasa si esa reflexión ignora el cuerpo que la sostiene? ¿qué pasa si el pensamiento crítico ocurre en un organismo desregulado, inflamado, desconectado?

La cultura moderna no puede entenderse sin entender la biología de quienes la producen y la habitan. Somos como islas, territorio rodeado de agua, separado, pero también conectado por mareas, por corrientes, por rutas por otros, por lo otro, vivo y no vivo, natural y artificial. 

Todo Cyborg tiene un cuerpo, esa es la base, la garantía, lo posibilitante, no el obstáculo.

¿qué significa ser humano cuando todo cambia tan rápido? 

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Nadia Magalí

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