La obsesión con lo aesthetic nos está silenciando, acomodando, insertando en el sistema que quiere el algoritmo y el mundo del consumo. Mientras sigamos sacando las servilletas sucias de nuestra mesa para sacar una foto irreal, los diez magnates que manejan el mundo, ganan.
Dejé de compartir noticias sobre femicidios, mujeres muertas o desaparecidas, abuelos con demencia perdidos por la ciudad. A lo sumo lo he hecho en alguna historia que se desvanece y no arruina la estética limpia, falsa y feliz que nos propone hoy Instagram y a la cual nos amoldamos cada vez mas en silencio.
Mi generación ya no usa facebook y twitter parece que es un caldo de cultivo de cryptobros, CEOS, fascistas y bots que se alinean con las ideas de su dueño multimillonario abiertamente homófobo y racista. Nos queda ‘Insta’ o TikTok, que no son mas que espacios donde se ha estetiza hasta el activismo y la curaduria afectiva del feed nos vuelve lisas, beige, dueñas de un solo look: short de jean y remera blanca.
Todo lo que no entra en el molde visual de la plataforma, no circula. La superficialidad que nos rodea no solamente banaliza el contenido sino que diluye su contenido politico y transformador. El juego estético gana a mansalva y la urgencia del desorden digital es de ayer.
Rosa Crepax en ‘The Aestheticisation of Feminism’ plantea que la estetizacion del feminismo hace que lo urgente se vuelva decorativo, y tras analizar los mensajes de la red concluye que los mas exitosos son los que mas gliter, colores pasteles y frases body positive contienen.
Lo que no se ve bien, no se difunde y hasta la violencia se embellece, o en mi caso, se silencia. Nada dije del femicidio de Agostina en Argentina y no creo que del otro lado alguien lo estuviera esperando porque no soy ninguna principal activista ni influencer ni nada. Pero es lo que me lleva a volcar este impulso de arruinar nuestras redes con cosas reales, con fotos sucias, evitando poner la piernita adelante en una foto porque te ‘estiliza’.
En ‘Filtering Feminisms: Emergent Feminist Visibilities on Instagram’, Laura Savolainen y su equipo demuestran empiricamente que instagram favorece los mensajes simples y centrados en el individuo, con una postura estética determinada que se ajusta a lo
‘bello’. Mientras que los mensajes colectivos, de denuncia, de organización colectiva, de crítica al ahogamiento cultural que estamos viviendo, son omitidos por las reglas del algoritmo y pasan muchos más filtros que les impide llegar a un público masivo.
Lo feo a lo sumo va a una historia
Romper el feed no es una posibilidad si queres cumplir con el mandato de lo agradable a la vista, con suerte un mensaje urgente o acerca de algo ‘real’ tiene lugar en las stories, esas que se desvanecen y te comprometen políticamente solo por 24 horas. Miralo con el terror de los terremotos en Venezuela. Tengo varias personas en redes venezolanas o que quieren apoyar la causa y no hay una sola que se haya ‘animado’ a poner el post con los datos de donación en el feed, ese espacio feliz y cuidado que solo contiene los mejores momentos, los mejores outfits y la vida de ensueño que aparentamos mientras buscamos un alquiler imposible.
Sofia Caldeira analiza en este sentido el activismo feminista en ‘Resharing feminisms’ y comprueba que hay una tension constante en algunas activistas entre quere compartir algo politico urgente y saber que eso «rompe el feed», aleja seguidoras, baja el engagement. El tiempo y la creatividad hacia el cuidado estético requiere un trabajo enorme y como afirma Astri Moksnes Barbala en ‘The platformization of feminism’ el activismo adapta a la plataforma, la plataforma adapta al activismo, domésticandolo.
El concepto de performative activism describe exactamente el mecanismo: compartir infografías bonitas sobre feminicidio genera capital social y cultural sin costo real. El hashtag #BlackoutTuesday en 2020 es el caso de estudio canónico: 28 millones de personas publicaron un cuadrado negro que terminó silenciando las conversaciones del movimiento que supuestamente apoyaban.
En mayo de 2025, la influencer mexicana Valeria Márquez fue asesinada en vivo en Tik Tok. Los análisis posteriores señalaron la brutal paradoja de que la plataforma que la hizo visible fue la misma donde ocurrió el feminicidio, y que la respuesta de muchas cuentas fue más estética (duelo con filtros, reels memoriales) que política.
Porque al final cuando la política se vuelve estética, pierde su capacidad de interrumpir, molestar, incomodar. La imposibilidad del desorden de una mesa para una foto es una obsesión desesperante y totalmente naturalizada, sacrificando la vida real para sostener una estética que ni siquiera elegimos.
¿Cuánto tiempo pasas antes de elegir esa galería, dump o foto que va a estar de forma ‘permanente’ en el feed que representa tu no vida? Ahí el mayor triunfo de las plataformas, nos autocensurarmos para que la foto del femicidio no conviva con la del brunch, en un mundo donde la belleza hialurónica vale más que la urgencia, la vida. En una arquitectura digital
diseñada para que habitemos lo agradable y penalicemos lo incómodo, lo que no entra en la paleta de colores, lo que interrumpe el orden del consumo en beige.





