Fantasía Disecada

Te conocí por Tinder en un momento raro y de negación con las redes. Me saludaste y diste el pie para que empecemos una conversación, una de las miles que íbamos a tener. 

Empezaste a hablarme todos los días, por la mañana temprano y por la noche tarde. Durante esas charlas yo quedaba en suspensión. Era una sensación extraña, sentía que le estaba mostrando la mejor versión de mi a alguien que no conocía. 

Me acuerdo de las primeras conversaciones nocturnas con la emoción con la que veía “Las tortugas Ninja” de pendejo. Hablamos de ese cd de George Michael, que tanto te causaba gracia y odiabas, también del pánico que le tenías a las serpientes.

A veces me sentía un pelotudo, llevábamos ocho meses hablando sin siquiera conocernos, sin coger, sin comernos la boca, sin fundirnos con la mirada. ¿Cuántas veces te llame? Creo que cuatro, pero una sola inolvidable. 

Llegamos al punto en el que ninguno sabía qué contar, nos aburría nuestra cotidianidad, pero queríamos estar y seguir estando. Pasamos un invierno juntos mandándonos mensajes, audios de WhatsApp y fotos efímeras nuestras, en las que a veces salíamos desnudos. Nunca entendí por qué en tu foto de perfil tenías un paisaje, con lo lindo que eras. Nos contábamos nuestra vida, pero odiaba el hecho de todavía no habernos conocido.

Siempre tenías la excusa del laburo, de tus amigos, de tus viajes a Tandil todos los fines de semana para ir a ver a tus viejos. Sentía que ya era tarde, que estaba envuelto en nuestras conversaciones cotidianas que de a ratos me elevaban. No tenías Instagram pero sí Tinder. Un día logré convencerte de que nos viéramos, y me dijiste que querías que fuera en tu casa de Coghlan.

Era martes y estaba en el laburo, como todos los días, malpegado por el hecho de ver gente que no soportaba ni toleraba. Pero ese día era diferente, era el día de nuestro encuentro. Por fin tenías una tarde libre y era toda para nosotros dos. Ahí creo que entendí la urgencia de esa invitación, de correr al lado del vacío, de arriesgar algo para sentirnos vivos en esto.

Eran las cinco y sabía que tomarme el tren Mitre era un pasaje directo a nuestro encuentro. Me acordaba de todo lo que habíamos hablado y todo lo que nos habíamos conocido sin siquiera conocernos. 

Eso era algo que a vos te incomodaba, pero era eso o quedarme en mi casa, tomando vino y mirando alguna de Almodóvar, triste para siempre. Quería que me vieras. Me describiste lo que te ibas a poner ese día, era una camisa azul que compraste en un vintage de tu barrio al que tanto me dijiste que te gustaba ir.

Me bajé y me esperaste a dos cuadras de tu casa para que no me perdiera, te vi de lejos y eras tal cual te imagine. Habías preparado una mesa con frutas y una jarra con agua fría. Flasheaba con las cosas que habíamos prometido hacer juntos. Tomar ese café en el Pertutti de Plaza de Mayo que tanta fama tenía y criticábamos, pero queríamos probar. Pasar una tarde en el parque Saavedra tirados, fumando porro, mirándonos sin hablarnos. También me habías dicho que querías hacerme el amor con Tears in Heaven soñando de fondo. 

Te estaba contando como me había ido hoy, me interrumpiste diciéndome que estabas casado y tenías hijos, sentías vergüenza. De repente, te acercaste a mí y me empezaste a chapar, y mientras empezabas a besarme el cuello me desprendías la camisa.  En ese momento fue como si me hubieran envuelto en una sábana donde solo te veía a vos.

Fue ahí donde me sentía menos triste, ya estabas con la cabeza metida entre mis piernas. 

Esa tarde fue toda nuestra, me sentía con suerte por haber compartido tanto y nada con vos. Te tenías que ir, seguir con tu vida y normalidad. No quería que terminara, no quería que fuera solo una vez, quería que esa tarde fuera la primera de muchas, como lo fueron todas nuestras conversaciones. Pero sabía por todo lo que habíamos hablado, que el primero iba a ser el ultimo. Hermoso, me decías todo el tiempo, te miré a los ojos y no volví a saber de vos nunca más.

Domingo: anoche me emborraché y pensé en lo que habíamos hecho el martes. Me levante cansado, pensando en nosotros en lo que fuimos solo ese día, en lo que pudimos ser. Hoy todo me parece una mierda, yo también, me arrepiento de no haber llegado antes, de no haberte alcanzado antes, de no haberte cogido antes. Pensaba en lo que podríamos estar haciendo ahora. 

Estoy en la cocina, encorvado y despeinado percibiendo el amargor de mi café en la boca y automáticamente me largo a llorar. ¿Me pregunto por qué no me habías elegido, por qué de tantas charlas no me elegiste? Sentía cierta admiración por vos, a pesar de todo.

Pasó un año y me sigo acordando de esos días, de nuestras charlas y de nuestro encuentro, quizás era muy pronto para olvidarte. Me senté en el parque Saavedra dónde era nuestro plan original. Después me fui al Pertutti. 

Nunca más me hablaste, y yo tampoco a vos, quizás esa fue la mejor manera de amarnos. Sentí que por esos días me desnudaste y me descubriste tal cual era, que fuiste el primero en hacerlo. Te agradecía mucho en mi cabeza, me hubiera gustado decírtelo algún día.

Era domingo y era la tarde más fría del año, al final no era tan triste todo, me subí en la bici y me fui pedaleando por Avenida de Mayo. Habían señoras paseando perros, y los arboles estaban todos disecados.

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Luc
Luc
7 months ago

Que hermoso este cuento💞