El nuevo paraíso de los tibios

¿Qué es lo que nos quema? ¿La existencia del otro? ¿O lo paralizante es la mirada? En esta nota buscamos repensar las pseudo comunicaciones preestablecidas y pensar si existe un modo más auténtico: nos entregamos a arder en la intensidad.

Desde sus comienzos, las sociedades han establecido contratos que de manera explícita o no, moldean la manera en que nos vinculamos con otrxs. Sin embargo, en la posmodernidad se configuran nuevas particularidades que hacen a la construcción de ese discurso en el cual las nuevas tecnologías tienen un papel crucial. 

Uno de los factores más exigentes de la base social actual es la que conocemos como “dictadura del amor propio” que hace referencia a la incorporación del autocuidado como una tarea de rendimiento en un mundo que nos educa para el consumo. Sin embargo, cuando buscamos vincularnos con otros, principalmente de manera sexo afectiva, también aparece una serie de pautas y exigencias. 

Las sociedades occidentales nos empujan compulsivamente a un modelo neoliberal que se traslada a todo (las maneras en que percibimos e interpretamos el mundo, como nos movemos en este escenario, la configuración de nuestros deseos) y nuestra emotividad no se puede mostrar exenta. Uno de los motores que empuja esta idea constantemente son, sin dudas, las redes sociales, el universo de las casi libertades y las pseudo comunicaciones

En este sentido, prácticamente todas las personas que usan de manera cotidiana redes (y en está oportunidad me gustaría centrarme particularmente en Instagram) conocen una serie de pautas que nadie les enseñó pero que sin embargo respetan (respetamos) al pie de la letra. 

Podemos pensar un sin fin de interrogantes para el diálogo personal: ¿Por qué subir una selfie?¿Qué se busca en el famoso y mal llamado beboteo?¿Qué cosas está bien subir? ¿Cuáles son los criterios para armar una lista de mejores amigos? Y todavía el universo de interrogantes se vuelve más extenso si lo planteamos en relación a la interacción con un otrx. ¿Qué significa reaccionar a una historia?¿Cuál es la diferencia con responder?¿Y con darle like?¿Qué buscamos saber cuando vemos el reporte constante de la vida de esas otras personas? ¿Y cuándo elegimos no ver? 

Un punta pie inicial para empezar a buscar respuestas puede ser el por qué una de las redes sociales más utilizadas del momento invierte constantemente en actualizaciones que nos simplifiquen la interacción. No necesito saber qué decir, puedo elegir una reacción predeterminada. 

A su vez, no podemos obviar que mandar un fueguito (que como bien dijo Bad Bunny es un claro símbolo de calentura) quiere decir muchísimas más cosas que un saludo formal, por lo que no quiero decir con esto que la comunicación no verbal sea insignificante pero si que posiblemente nos estamos acostumbrando a la comodidad de lo empaquetado (un universo para tibios). 

Existe generacionalmente un miedo constante a la intensidad, a decir mucho, nos da  ansiedad la respuesta del otro y es por eso que Instagram se encargó de armar una ruta de guía marcando los pasos a seguir: likeas, reaccionas con un emoji y posiblemente después de eso, si la otra persona da el pie para establecer una conversación, hablás. 

Da la sensación que hoy todo es mucho, como si tuviéramos que regularnos constantemente a medir qué proponemos, con qué frecuencia, qué decimos. Este nuevo paraíso de la tibieza tiene como problema principal no dejarnos ver o conocer la intensidad del otrx (lo cuál es bastante paradójico si pensamos en que la idea de vincularnos es con otrx, no conmigo mismx). No es que haga falta programar todo, o quemarse la gorra, pero si en la medida de lo posible vincularnos del modo en que nosotrxs elijamos y no bajo un protocolo instagramer. 

Hablamos al respecto con la Lic. en psicología Giuliana Adaro: “Hay un miedo generalizado a parecer (o a quedar) como intensos y las redes sociales son uno de los espacios donde más se manifiesta. En nuestro esquema mental esto está anclado a dos puntos: por un lado a la dificultad de construir un autoestima alto, y por otro en la conexión con la baja tolerancia a la frustración (escoltado por esta sociedad de la inmediatez). Hoy en día las dinámicas ligadas a las nuevas tecnologías dejan ver que es necesario generar nuevas formas de vincularnos con los demás”.

Agrega Giuliana en relación a esto: “Muchas veces las redes sociales nos hacen creer que nuestro valor se define por el reconocimiento del otro. ¿Y entonces cómo vamos a generar un vínculo seguro con nosotros mismos si nos medimos una vara externa? Esta complejidad hace que simultáneamente busquemos esa valoración, cuando el ideal sería al inverso: deberíamos utilizar las redes para mostrarnos exactamente como somos. En este panorama, la ansiedad social es altísima: si este miedo a sentirme evaluado de manera negativa me hace dejar de actuar como quiero, también entramos en un espiral sin fin donde las redes en vez de ser “sociales” se convierten en las causantes de esta fobia social.”

En su libro Intimidades Congeladas, Eva Illouz habla de un fenómeno que se da a la hora de conocer personas por Internet. Afirma que “Internet genera reificación, en el sentido no marxista del término, es decir que hace que la gente se trate a sí misma y a los demás como categorías lingüísticas, y considera el concepto abstracto como si fuera lo real”.

Lejos están mis intenciones de convertirme en un juez del chongueo online, pero si me parece oportuno poner sobre la mesa la idea de que comunicarnos no puede ser un acto tan impersonal. 

En este punto solo puedo pensar en la frase de Sartre: el infierno son los otros. La idea paralizante de la mirada del otro es lo que nos quema, no su existencia. Si el infierno son los otros, entonces también pueden ser el cielo. 

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9 months ago

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Maria Jesus Abril

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