¿Vivimos en un monopolio de la apariencia?

¿Somos espectadores o expectantes de nuestras propias vidas? ¿Es posible todavía desear desde lugares más genuinos? Filosofía para dibujar desvíos más allá de la hiperconexión.

Un análisis crítico de la Sociedad del Espectáculo y del papel de las redes sociales en la actualidad.

Sol Jait – Estudiante de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires

Texto devenido película La Sociedad del Espectáculo de Guy Debord (escritor, cineasta y revolucionario francés de los años 60) se publica por primera vez en París en el año 1967.

¿Por qué leerlo hoy, 54 años más tarde?

Porque el proceso de enajenación que Debord denuncia estar percibiendo en la sociedad de su época (que él llamará “sociedad del espectáculo”) continúa sucediendo hoy e incluso se ha agudizado a partir de la intervención de la tecnología en nuestras vidas. Lo leemos entonces por su vigencia, porque nos sigue interpelando más allá de los años, pero también y sobre todo por su capacidad crítica y su potencia para (re)pensar la realidad.

Guy Debord es un exponente del situacionismo. El situacionismo fue un movimiento y una organización revolucionaria de artistas e intelectuales, notablemente influenciados por el pensamiento marxista, cuyo principal objetivo era combatir el sistema ideológico y opresivo de la civilización occidental: la dominación capitalista y la dictadura de la mercancía. Debord plantea la exigencia de cambiar el mundo, es decir, cambiar la vida cotidiana.  Su crítica a la sociedad espectacular-mercantil, entonces, está acompañada de un deseo de revolución social. –(Todas estas ideas fueron claves para el desenvolvimiento, unos años después, de la revuelta de Mayo del 68) –.

Debord sigue el camino trazado por los surrealistas: se trata de pensar (y vivir) otra existencia posible que rompa –o que al menos ponga al descubierto– la humillación a la que es sometida incesantemente la naturaleza humana en el sistema capitalista moderno. El autor nos advierte en las 221 tesis de su libro, que se escribió deliberadamente contra la sociedad espectacular, lo siguiente:

“La alienación del espectador […] se expresa así: cuanto más contempla menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo respecto del hombre activo se manifiesta en que sus propios gestos ya no son suyos, sino de otro que lo representa. Por eso el espectador no encuentra su lugar en ninguna parte, porque el espectáculo está en todas.” (Tesis 30)

Lo que el autor  constata es que vivimos en una sociedad esencialmente espectacular. El espectáculo, indica el autor, es a la vez el resultado y el proyecto del modo de producción existente; es una concepción del mundo que ha llegado a traducirse materialmente. Esto quiere decir que el espectáculo monopoliza la apariencia, invierte lo real viviente convirtiéndose así en realidad efectiva. Y en esta inversión del mundo por un mundo espectacular lo que queda como visible –para la mirada crítica de Debord– es la negación y la degradación de la vida concreta de las condiciones de existencia; el espectáculo –imagen de la economía reinante y exponente general de la racionalidad del sistema– somete a los hombres vivos y excluye a toda otra palabra.

Si ya en 1967 Debord denunciaba un monopolio de la apariencia la pregunta es:

¿Estamos incluso más hipnotizadxs por el espectáculo que antes?

 La respuesta parece ser que sí: en la medida en que el espectáculo que hoy podría pensarse como ciertas representaciones hegemónicas del mundo que emergen y se reproducen convulsivamente a través de las pantallas, en contenidos audiovisuales específicos que nosotrxs consumimos en redes sociales y otros medios (Hago un paréntesis y me pregunto: ¿Nosotrxs elegimos consumir y estar hiperconectadxs?) y que nos dictan sobre lo que significa experimentar la naturaleza, las relaciones sociales, el amor, el trabajo, nuestros cuerpos, etclo ha monopolizado todo.

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Lo que quiero poner de relieve con este vídeo es que, en la actualidad, la relación que tenemos con los dispositivos no es meramente una relación externa e instrumental  (no “usamos a”) sino que vivimos inmersos en la tecnología o por decirlo de otro modo la tecnología forma parte y constituye nuestra identidad ( más bien “estamos hechos de”). La formación, el entretenimiento, la educación, las relaciones sociales, incluso las relaciones sexo-afectivas y la salud, por nombrar solo algunas, son esferas de nuestras vidas que se encuentran completamente atravesadas por la era cibernética.

En relación a estas ideas y retomando las de Debord en La Sociedad del Espectáculo, el autor sostiene que vivimos en una sociedad alienada de individuos fragmentados. Teniendo como marco teórico las categorías marxistas, Debord denuncia que el trabajador se encuentra separado del producto que produce; que hay una separación generalizada y una pérdida de comunicación entre los trabajadores y que a esto se le suma las condiciones de aislamiento que produce el sistema espectacular: “Del automóvil a la televisión, todos los bienes seleccionados […] son también las armas para el reforzamiento constante de las condiciones de aislamiento de las «muchedumbres solitarias» (Tesis 4). También el mundo sensible, la naturaleza, se encuentra alienada en tanto es reemplazada por la selección de imágenes del mundo espectacular. La mercancía –afirma Debord– se convierte así en ilusión efectivamente real y el espectáculo, como su manifestación general, alcanza la ocupación total de la vida social.

El sistema, por su propia lógica de sobreproducción, exige que el simple trabajador –que antes jamás era considerado en su ocio, en la medida en que recibía lo mínimo indispensable para la conservación de su fuerza de trabajo– se convierta ahora en consumidor. El humano en el sistema espectacular se encuentra alienado no sólo ya en relación a la esfera del trabajo sino también en relación a su ocio, a su tiempo libre, en este sentido el autor afirma: “la negación consumada del hombre ha tomado a su cargo la totalidad de la existencia humana” (Tesis 43).

El sistema espectacular fabrica, en virtud de su necesidad de desarrollo económico infinito y de expansión de su producción, una explotación del deseo. Se crean constantemente nuevas pseudo-necesidades (como el consumo de productos cada vez más sofisticados, de experiencias, de diversión, de turismo, etc). De este modo, el individuo fragmentado consume, de manera fragmentaria, ilusiones que le son impuestas bajo la forma de la propaganda o la publicidad aunque hoy reconocemos que en el capitalismo contemporáneo la imposición se da de manera mucho más sutil y efectiva: las redes sociales, por ejemplo, implantan hábitos, gustos y elecciones a un nivel inconsciente, como si estuviéramos siendo “programados” en un nivel profundo donde ya no hay lugar para nuestros deseos, intereses y decisiones.

¿Somos libres entonces?

Según Debord el humano se convierte en espectador de su propia vida. Sus deseos ya no le pertenecen. Sus gestos ya no son los propios. Su tiempo se convierte en tiempo de la producción y consumo de mercancías.

Así como el tiempo es expropiado por el sistema espectacular, también el espacio del mundo es cooptado por la ideología capitalista. Debord afirma que el urbanismo es una planificación de los espacios que se somete completamente a las necesidades de la producción y el consumo. La producción capitalista unifica y homogeniza el espacio; es un proceso de banalización donde se disuelve la autonomía y calidad de los lugares. La circulación humana es considerada sólo en vistas al consumo, se organizan las sendas y los recorridos del turismo, se mantiene a los individuos en conjunto pero aislados. De este modo se pierden las relaciones sociales directas, la posibilidad de una comunidad organizada.

Ahora bien, nos preguntamos:

¿Qué sucede con el tiempo y el espacio en la era de la tecnología?

El filósofo italiano y contemporáneo Franco Berardi (Bifo) explica que en la actualidad: “las fronteras de la velocidad se han derrumbado y se ha desencadenado el proceso de aceleración más impresionante que la historia humana haya conocido. En cierto sentido podemos decir que el espacio ya no existe, puesto que la información lo puede atravesar instantáneamente y los acontecimientos pueden transmitirse en tiempo real de un punto a otro del planeta, convirtiéndose así en acontecimientos virtualmente compartidos.”

¿Cuáles son las consecuencias de esta aceleración en los intercambios informativos para la mente y el cuerpo humanos?

Bifo postula que los individuos no están en condiciones de elaborar conscientemente la inmensa y creciente masa de información que entra en sus computadoras, en sus celulares, en las pantallas de sus televisores, en sus agendas electrónicas y en sus cabezas. Sin embargo, parece que es indispensable seguir, conocer, valorar, asimilar y elaborar toda esta información si se quiere ser eficiente, competitivo, ganador.”

La aceleración, el flujo de información constante y la sobreestimulación son factores que disminuyen nuestra capacidad para elaborar conscientemente los distintos contenidos y experiencias y esto nos genera, por ejemplo, una incapacidad de mantener la atención concentrada en el mismo objeto por mucho tiempo; algunos autores afirman que la atención se ha convertido en un recurso escaso y por ello hablan de una economía de la atención.

Para Bifo, las consecuencias son evidentes. Por ejemplo, las decisiones económicas y políticas dejan de responder a una racionalidad estratégica a largo plazo para hacer frente tan sólo al interés inmediato. Por otra parte, el autor afirma, que “estamos cada vez menos dispuestos a prestar nuestra atención gratuitamente. No tenemos ya tiempo para el amor, la ternura, la naturaleza, el placer y la compasión. Nuestra atención está cada vez más asediada y por tanto la dedicamos solamente a la carrera, a la competencia, a la decisión económica.”

Bifo explica que el ciberespacio “es una red que comprende componentes mecánicos y orgánicos cuya potencia de elaboración puede ser acelerada sin límites.” en cambio el cibertiempo –en tanto realidad vivida por los humanos– no puede ir más rápido de lo que permiten la materia física de la que está hecho nuestro cerebro y la lentitud de nuestro cuerpo.

Lo que se produce, entonces, es un desfase patógeno entre el ciberespacio y el cibertiempo; este desfase, a su vez,  produce –para el autor– las enfermedades mentales que tanto asedian nuestro presente, como la depresión, el estrés y la ansiedad.

Si según Debord el tiempo y el espacio de las mujeres y los hombres son expropiados por el sistema capitalista; podemos decir que hoy, la tecnología y, más específicamente, las redes sociales, son herramientas que intensificaron esta cooptación. Frente a esta situación:

 ¿Es posible hacer algo?

Para Bifo es posible lo que él llama una estrategia de sustracción, de alejamiento del torbellino. Esta estrategia podría ser aplicada, por pequeñas comunidades, a partir de la constitución de esferas de autonomía existencial, económica e informativa frente a la economía-mundo.

Debord por su parte incita a la revuelta a partir de las prácticas y los gestos situacionistas en relación a la experimentación del espacio.

Una de estas prácticas del situacionismo es el détournement, que puede traducirse como desvío o tergiversación, e implica la posibilidad artística y política de tomar algún objeto creado por el capitalismo, o el sistema político hegemónico, y distorsionar su significado y uso original, para producir un efecto crítico. A partir de este desvío o tergiversación de lo cotidiano se puede encontrar o inventar nuevos modos creativos de subvertir la experiencia habitual del espacio en la ciudad.

La dérive o la creación de mapas psicogeográficos son ejemplos de dichas tergiversaciones del espacio enajenado. Caminar en deriva implica romper con la percepción de la ciudad que impone el capitalismo; abandonar los hábitos arraigados en nuestro cuerpo –que nos llevan del trabajo al consumo– para dejarse llevar por las solicitaciones del terreno y las inclinaciones de nuestros deseos. Vivir en deriva es moverse más allá de los límites en que fueron diseñados los entornos del espacio espectacular. 

Reflexiones finales

         Pienso que habitar las ciudades y la naturaleza, no sólo desde las pantallas o del consumo, sino desde un estar más presente, desde un escuchar y escucharse a sí mismx allí y a lxs otrxs (y también a todo otrx ser vivo en general) nos permitiría sentir la crudeza de lo que acontece y nos posibilitaría también acercarnos a la realidad desde lugares más íntimos, más genuinos, más sensibles…

Experimentar el mundo, las afectividades y el amor, permitirnos la exploración de nuevos espacios, junto a lxs otrxs, y también de nuevos tiempos tiempos que parecen no responder a las lógicas de la productividad y la eficiencia sino más bien a la dilatación, el ensanchamiento o la pérdidaes imperativo porque permite la posibilidad de construir nuevas o diferentes imágenes y sentidos sobre lo que somos y lo que deseamos ser.

         Retomando la pregunta, creo que sí es posible hacer algo. Pienso que es clave al menos pensar en cómo el sistema hegemónico organiza nuestras vidas, nuestro tiempo, nuestro espacio y cómo la tecnología acentúa esta cooptación. Al menos siendo conscientes de este hecho podemos darnos tiempo y espacio para pensar, desear y vivir otras formas de existencia.  Se trata: “de encontrar la belleza concebida como destello de las posibilidades entre las ruinas de la sociedad o, como rezaba un eslogan en mayo del 68, de encontrar la playa bajo los adoquines.” [1]

«La imaginación toma el poder»

[1] Pachilla, Pablo: “Guy Debord y la ciudad: deriva y psicogeografía” en El situacionismo y sus derivas actuales, Prometeo, Buenos Aires, 2015. (p.37)

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Leo Federici
Leo Federici
3 months ago

Que buena nota Sol!!! Gracias!!!

Última edición 3 months ago por Leo Federici
Jesica Mac Dougall
Jesica Mac Dougall
3 months ago

Me encantó!!! Muy bueno lo que se plantea!!!

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Sol Jait

Sol Jait

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